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  • El alma de las cosas El alma de las cosas

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

    Las cosas adquieren valor cuando se eligen, tienen sentido cuando se usan y son bellas cuando están donde deben estar.

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    Un hilo invisible conecta los dedos con el corazón. ¿No me creés? Hacé la prueba. Agarrá un objeto de los miles que te rodean (uno que sientas especial, por algún motivo) y fijate qué pasa. No es magia ni esoterismo. Los minimalistas orientales y los expertos en orden occidentales recomiendan el mismo método: tocar las cosas para saber si se tensa ese hilo que conecta los dedos con el corazón.
    ¿Esa lámpara o ese reloj o ese muñeco irradian alegría? No es ningún secreto que existen objetos especiales. Alguna vez leí que en una casa de familia con cuatro integrantes puede haber hasta trescientos mil objetos distintos si contamos libros, lapiceras, cucharitas, medias o hisopos. Pero en esa multitud material sólo algunos pocos tienen un significado único: si un magnate de la prensa habría regalado todo su imperio a cambio del trineo destartalado que tenía cuando era niño (en El ciudadano, la última palabra del millonario es “Rosebud” y ése era el nombre de su juguete favorito) yo no me avergüenzo al confesar que en cada mercado de pulgas que visité tuve la fantasía de reencontrarme con el payaso viejo con el que dormía de chico. Las cosas adquieren valor cuando se eligen, tienen sentido cuando se usan y son bellas cuando están donde deben estar. La pensadora japonesa Hideko Yamashita dice que la elección de las cosas implica “tomar conciencia” de uno mismo: los objetos que usamos dicen tanto de ellos como de nosotros. Por eso, en mi mundo es tan importante la lámpara-bebé que al encenderse provoca una ligera sensación de terror, como ésas que tenía de chico cuando miraba “películas de miedo”, o el vaporizador eléctrico que crea una atmósfera de hogar sólo con el aroma de un cedro aunque las paredes estén desnudas y los libros, en cajas. Hacé la prueba porque funciona. Existen objetos que de nomás tocarlos dan un tironcito a ese hilo y despiertan algo dormido. Los dedos actúan y el corazón se enciende: es el alma de las cosas.

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    • dic 5, 2017
  • El alma de las cosas Episodio IV: el regalo perfecto

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    “Sos un regalón”, decía una tía mayor cuando yo era chiquito y la expresión (ahora, arcaica) despertaba en mí una duda enorme. ¿Qué quería decir ella con eso de regalón? ¿Que yo mismo sería una especie de regalo grande, o sea, un paquete? En todo caso, nunca usé un moño rojo y ésa es la manera en que se dibuja el emoji del regalo: en una caja cuadrada con un lazo y un moño. Cuando ya tuve edad de leer consulté el libro más venerado de mi casa, el diccionario Pequeño Larousse Ilustrado, que de pequeño tenía poco porque era un mamotreto de chiquicientas páginas con tapas de cuero azul y oro donde la palabra regalón se definía como “criado con regalo”. Es que regalo, además de esa cosa que se da gratuitamente a otra persona, como muestra de afecto y que desnuda nuestra alma, también quiere decir “comodidad o buen trato”. Tardé años en descubrir que un chico regalón es un chico que fue criado con cariño. Y ése es el mejor regalo que alguien puede recibir en la vida (por lo menos según mi tía, que para Navidad siempre regalaba lo mismo: un par de medias de toalla). Ya de grande, siempre sostuve que me gusta más dar que recibir un regalo, algo que me produce un vértigo ligero. ¿Y si no me gusta? ¿Y si ya lo tengo? ¿Y si tiene el precio pegado? En cambio, regalar es supremo: el tiempo parece detenerse en el momento en que el otro deshace el moño, rasga el papel y en los ojos se le enciende una chispa fugaz, que puede ser de sorpresa, de alegría, de decepción. Dar un regalo es un pequeño viaje en el que nos aventuramos a las expectativas del otro, que siempre es un planeta ajeno (aunque vivamos en el mismo). Por eso, el regalo perfecto no tiene precio: puede ser una joya de cotización exorbitante, una lámpara con forma de ananá o las palabras especiales de un poema garabateadas en una hoja de cuaderno. Lo importante es que, sea lo que fuere, ese regalo signifique algo para alguien y dé sentido al único propósito que puede hacer de nuestras vidas unas fiestas continuas: ser buenos entre nosotros.

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    • dic 5, 2017
  • El alma de las cosas Episodio III: Mifa

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    Llevo en mis oídos la más maravillosa música. Y en mis bolsillos. Y en mis mochilas. En los primeros campamentos juveniles (más bien, ¡infantiles!) la banda sonora de la excursión era en vivo y en directo, un repertorio de canciones montañesas con la letra adaptada para incluir el nombre de mi colegio. Ya de grande, la salida a la naturaleza tenía el sonido de la observación y la introspección: recuerdo unas vacaciones en carpa por los lagos del sur donde el ambiente era más potente que el bumbúm de una discoteca. Pero aturdido por el rumor de las olitas o el croar de los bichos, en mi eterna insatisfacción de ser urbano sentía que me faltaban dos cosas vitales: café y música. El ingenio y la tecnología salieron en mi auxilio. Hace un tiempo me regalaron una cafetera portátil que funciona como el inflador de una bicicleta: la presión generada por el aire bombeado prepara un café espumoso y reconfortante para la excursión a la montaña. Y ahora descubro unos nuevos parlantes que llevan la música tan alto como yo pueda llegar. Mi favorito es uno bien rústico de color verde militar: “Sonido de aventura”, dice la caja y, aunque lo más aventurero de uno haya sido una maratón en continuado de las cuatro películas de Indiana Jones, la promesa de escuchar la fanfarria de John Williams en medio del desierto (o la playita) anima a empuñar el látigo. Hay paisajes tan imponentes que exigen el galope de la Cavalleria rusticana y otros más bucólicos a los que siempre agrego la melodía dulzona de Rhapsody in Blue. En mis oídos, en mis bolsillos y en mis mochilas siempre llevo un parlante que disfrute del aire libre. Como un Sancho Panza compuesto de agudos y graves, es un gran compañero para la conquista de cualquier molino de viento. Pequeño pero robusto, resiste los golpes, el agua y el polvo sin mosquearse y con su sonido potente, aun en lo vasto del paisaje, completa la película de un viaje: ¿o acaso uno no tiene derecho a elegir, y llevar adonde quiera, el soundtrack de su propia vida?  

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    • dic 5, 2017
  • El alma de las cosas Episodio II: Misty

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    Los nostálgicos sabemos que el olfato es el más evocador de los sentidos. Cualquiera de nosotros tiene una historia parecida: una tarde, buscando una media sin par al fondo de un cajón, la mano encontró a tientas la bufanda que usaba el abuelo y la nariz empañó los ojos. Por unos segundos el viejo estaba ahí, de nuevo. El aroma es el custodio de la memoria emotiva. Y aquellos que nos intrigamos por el olfato sabemos que el cerebro humano es capaz de distinguir hasta diez mil olores distintos. Pero también sabemos que el lenguaje para describir lo olfativo es pobre y a veces depende de elementos de juicio demasiado subjetivos (un aroma rico o feo), de resonancias morales (un olor excitante o placentero) o derivados de otro sentido (un perfume frutal o áspero). Por eso, cuando me mudé a mi estudio, y siendo muy consciente de que debía “crear historia” en el lugar para hacerlo finalmente mío, lo primero que llevé fue el difusor aromático Misty (¡debo confesar que llegó antes que el módem pero después que la cafetera!). Avivado de la necesidad de que los lugares y sus objetos tengan su propio aroma (en definitiva, su alma), entre paredes aún desnudas y cajas de mudanza, me di el tiempo para jugar al perfumista: combiné cuatro gotitas de cedro y tres de Óleo 31 y así inventé el olor de mi guarida. El Misty es discreto y elegante, con una luz tan tenue como se pueda ser en sus dos intensidades pálidas. Despierta mi instinto olfativo. Y en lo auditivo y lo visual, también tiene un sentido evocativo (a mí me recuerda la película Play Misty For Me, en la que Clint Eastwood era un conductor de radio acosado por una oyente psicótica: cualquier semejanza con una paranoia real no es mera coincidencia). Pero lo más importante es que un departamento desangelado tuvo pronto el olorcito de lo mío. Sé que dentro de muchos años, cuando me encuentre de frente con el aroma de un cedro, sólo tendré que cerrar los ojos para volver a este presente. Y que, entonces o ahora, en la felicidad o la incerteza, sólo tendré que combinar una gotitas de mi poción mágica para crear una sensación de hogar, vaya adonde fuere.

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    • dic 5, 2017
  • El alma de las cosas Episodio I: Letter board

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    Yo sueño con letras. Es real. Bueno, tanto como puede serlo un sueño (mucho, en mi modesta opinión). De chico tenía una fantasía recurrente: mientras estaba acostado boca arriba en la cama me imaginaba como un liliputiense perdido entre letras del tamaño de Gulliver, letras que llegaban al techo de mi cuarto y que componían las palabras tontas con las que estaba aprendiendo a leer y escribir. “Marisa-amasa-la-masa”. Astuta conocedora de mis sueños y mis pesadillas, mi mamá me hizo un regalo que todavía conservo: una imprentilla, así dijo, que era un juego de caracteres de goma que se montaban sobre guías plásticas y permitía componer oraciones completas. Se usaba como un sello sobre el papel y yo jugaba a ser el director de un diario. Si alguien todavía duda de que exista algo parecido al alma de las cosas le ofrezco la imprentilla como prueba: es una de las posesiones más baratas y más valiosas que tengo (junto con la máquina de escribir que era de mi abuelo, ¡benditas letras!) y de alguna manera determinó que muchos años después yo me hiciera escritor y periodista. Aunque nunca sabremos si fue primero el huevo o la gallina. Yo sueño con letras. Compongo tipografías imaginarias, redacto anuncios mentales, diseño carteles inexistentes. Y entre mis nuevos fetiches está la cartelera con letras removibles. El diseño clásico de fondo negro con caracteres blancos me remite a los carteles del viejo bar de la esquina del colegio (ya no existe) que ofrecía sandwiches y submarinos en un alfabeto incompleto: recuerdo que al gallego, por algún motivo misterioso, le faltaban las íes y las reemplazaba por unos. “SANDW1CHES”. “SUBMAR1NOS”. En mi casa de ahora hay carteles por todas partes pero dos de ellos son los más importantes. Uno está en la cocina, al lado de la cafetera, y explica los tipos de café que puedo preparar a una visita (espresso, cortado o cappuccino: no me saquen de eso). Y el otro está en la biblioteca, al lado de los libros, y muestra los apellidos de mis autores favoritos de este mes. Es lógico, tanto como puede serlo un sueño: a los que fantaseamos con letras nos ilusiona escribir y leer.

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    • dic 5, 2017