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  • El alma de las cosas El alma de las cosas

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

    Las cosas adquieren valor cuando se eligen, tienen sentido cuando se usan y son bellas cuando están donde deben estar.

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    Un hilo invisible conecta los dedos con el corazón. ¿No me creés? Hacé la prueba. Agarrá un objeto de los miles que te rodean (uno que sientas especial, por algún motivo) y fijate qué pasa. No es magia ni esoterismo. Los minimalistas orientales y los expertos en orden occidentales recomiendan el mismo método: tocar las cosas para saber si se tensa ese hilo que conecta los dedos con el corazón.
    ¿Esa lámpara o ese reloj o ese muñeco irradian alegría? No es ningún secreto que existen objetos especiales. Alguna vez leí que en una casa de familia con cuatro integrantes puede haber hasta trescientos mil objetos distintos si contamos libros, lapiceras, cucharitas, medias o hisopos. Pero en esa multitud material sólo algunos pocos tienen un significado único: si un magnate de la prensa habría regalado todo su imperio a cambio del trineo destartalado que tenía cuando era niño (en El ciudadano, la última palabra del millonario es “Rosebud” y ése era el nombre de su juguete favorito) yo no me avergüenzo al confesar que en cada mercado de pulgas que visité tuve la fantasía de reencontrarme con el payaso viejo con el que dormía de chico. Las cosas adquieren valor cuando se eligen, tienen sentido cuando se usan y son bellas cuando están donde deben estar. La pensadora japonesa Hideko Yamashita dice que la elección de las cosas implica “tomar conciencia” de uno mismo: los objetos que usamos dicen tanto de ellos como de nosotros. Por eso, en mi mundo es tan importante la lámpara-bebé que al encenderse provoca una ligera sensación de terror, como ésas que tenía de chico cuando miraba “películas de miedo”, o el vaporizador eléctrico que crea una atmósfera de hogar sólo con el aroma de un cedro aunque las paredes estén desnudas y los libros, en cajas. Hacé la prueba porque funciona. Existen objetos que de nomás tocarlos dan un tironcito a ese hilo y despiertan algo dormido. Los dedos actúan y el corazón se enciende: es el alma de las cosas.

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    • dic 5, 2017
  • El alma de las cosas Episodio XII: Botella Ó

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    ¡Ooohhh! La primera reacción será de sorpresa: en una demostración arriesgada, la botella cae al piso desde la altura de una mesa… y no se rompe, y eso que es de vidrio; bueno, en realidad es de borosilicato, un tipo de vidrio muy aguantador. ¡Ó! Así se llama, con la cuarta vocal en mayúscula y con tilde, acaso un juego con la palabra francesa (eau) que significa “agua” y que se pronuncia apenas con una “o” aspirada, bien cortita. ¡Oh la lá! La botella Ó tiene una tapa a rosca que es antiderrame (algo muy valorado por los torpes que siempre nos volcamos sobre la camisa) y viene con manija de agarre. Está abrigada con una manga de silicona antideslizante y trae un pico bien ancho, ideal para recibir el líquido a borbotones justo cuando aparecen el ahogo o el cansancio. Es que resulta ideal para el gimnasio o la carrerita porque aguanta bien casi cualquier caída accidental y que se diga de ella que “es resistente” termina siendo un buen augurio para el deportista amateur, aquel que se exige resistencia cuando las mancuernas parecen triplicar su peso en plomo o los kilómetros avanzan más lentos que una tortuga con reuma. Esa manga de silicona puede ser azul o rosa o amarilla o verde, entre otros colores, y así todas las botellas, puestas una al lado de la otra en la alacena o la heladera, forman un arcoíris como el que aparece después de la lluvia: su gama de tonos discute aquello que nos enseñaron del agua (que es incolora, inodora, insípida) y regala a cada uno la posibilidad de elegir qué color quiere tomar. Un vendedor experimentado, aunque poco original, podrá decir que la botella Ó es ideal para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero: en nuestro eterno apuro como caminantes de una ciudad con cuadras largas, nos acompaña en la aventura de salir a la calle y con la suavidad que ofrece al tacto invita a acariciarla. De paso, aceleramos un trago y seguimos camino. En la sed o la fatiga, nos refresca y los más expresivos de nosotros no tenemos pudor en exclamar un sonoro: “¡Aaahhh!”.

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    • sep 25, 2018
  • El alma de las cosas Episodio XI: Capitán del Orden

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    En mis ratos de ocio, siempre fascinado por los mapas, jugaba a contar cuántos mares recordaba: sin repetir y sin soplar, el Argentino, el Rojo, el Negro, el Caspio, el Mediterráneo, el Adriático, el Tirreno, el Muerto… Como podría seguir, me preguntaba entonces por qué se habla de “los siete mares” y finalmente descubrí que la expresión viene desde hace mucho mucho mucho tiempo, cuando se decía que “quien quiera llegar a China deberá cruzar los siete mares”. Pensar en ese barco antiquísimo rumbo al Lejano Oriente me daba más excusas para distraerme. En mis ratos de negocio (literalmente, la negación del ocio: o sea, cuando sí o sí debo sentarme a trabajar), mi escritorio parecía un mar embravecido: de tan revuelto, se hundían las lapiceras en un océano de post-its, se ahogaban los lápices en un tsunami de papeles. Soy de los que necesita tener una mesa ordenada para que se me acomoden las ideas. Por eso, la llegada a mi escritorio del Capitán del Orden puso proa hacia la organización. Su forma icónica, que rememora los barquitos de papel que armábamos en el recreo, me devuelve a los años lejanos en que enumeraba los mares que conocía. El mío es blanco, del mismo color que eran aquellos hechos con hojas arrancadas al cuaderno. Y en un compartimiento guardo las lapiceras; en otro, los lápices; en uno más, los sacapuntas y las gomas de borrar; al fondo, las chinches y los clips. Antes repartidos por mil rincones, ahora todos los elementos están en una convivencia armónica, contenidos por el barco. ¡Es el arca de Noé de los artículos de librería! Mucho tiempo después de mis años de escuela en los que armaba barquitos de papel leí que el barco es el símbolo universal del vehículo de la existencia. Todo tiene sentido. La casa está en orden, pues. Como cualquier barco, el Capitán del Orden siempre tira hacia adelante y, para el escritorio o la vida, ofrece una promesa de avance continuo: no es casual que se diga, cuando todos estamos en la misma, que nos embarcamos en un proyecto colectivo.
     
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    • ago 22, 2018
  • El alma de las cosas Episodio X: Jugá más

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

    /// B J Y T S U E R T E. En la primera línea se esconde una palabra y me cuesta encontrarla. Pero, como dice Google, me siento con suerte. Todos los que crecimos con el síndrome de Mafalda sólo toleramos una clase de sopa: la sopa de letras. ¿Habrá palabras escondidas en diagonal? ¿Y de atrás para adelante? Mi niño interior me anima al desafío y me juego que, aunque se diga que cualquier pibe está enchufado todo el día a la pantalla, el reto de la sopa de letras o el laberinto le resultan tentadores. ¡Jugá más! ¿Quién puede resistirse al imperativo que no tiene que ver con el deber sino con el placer? Entre los meandros de un laberinto, la lámpara Dino (indiscutible homenaje a la mascota de Los Picapiedras) busca la salida sin desesperarse. Hervida en la sopa, la palabra BAILE espera que alguien la saque a la pista. Y hay más: en la mesa de luz, el Roboclock convierte en una aventura tuerca la penosa tarea de levantarse tempranísimo para ir al colegio y en la pared de la habitación el neón rayo se enciende para prestar servicio durante esas noches prolongadas a la luz de un cuento de corsarios feroces y trombas marinas. En cada objeto se esconde una historia y eso es lo que da sentido al arsenal que nos rodea. Es el alma de las cosas. ¿Por qué no convertir la rutina cotidiana en una experiencia lúdica? ¿Acaso no se dice que la vida es un juego? Si es cierto que todos los días son los días del niño, así como todos deberían ser los días del amigo, de la madre o del padre, ojalá que cada tercer domingo de agosto el despertador suene con la potencia suficiente para despabilar el corazón de los adultos adormilados. Ahí afuera hay todo un mundo de letras escondidas, dinosaurios despistados, robots estridentes y luces salvadoras que pueden transformar la vida cotidiana en una saga interminable de momentos felices. Elegí tu propia aventura. Yo voy a seguir probando la sopa de letras porque me soplaron que adentro se esconde un FELIZ DIA. Y hoy me siento con suerte. /// 

    • ago 13, 2018
  • El alma de las cosas Episodio IX: Gambeta

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    Balón, esférico, globo, bola: muchas maneras de pedir la pelota. Y un sinfín de firuletes para hacer la gambeta. El habilidoso esquiva a un rival y a otro, se hace acompañar por el balón como si fuera un compañero de baile, cruza la defensa, encara el arco, apunta y patea: no importa que sea un manojo de medias, una número cinco de cuero o una Pulpo, ésa que pica hasta la luna. ¡Gol! Aún sin estar unidos por nada más que la pasión por el fútbol, la pelota parece una extensión sintética del cuerpo de él (distinta es la cosa para el torpe irremediable: como cualquier objeto que desafíe la ley de la gravedad, la pelota supone una amenaza contra su integridad física porque, maldita suerte, siempre va directo al tabique de una nariz particularmente quebradiza). Más que un objeto, la pelota es un talismán del orden de lo mágico: inicia al pibe en las primeras destrezas y conecta al mayor con su niño interior. ¿Hay equipo? Es conmovedor ver al grandulón que se desespera ante la posibilidad del picadito: no se sabe bien cómo, pero en la playa o el campito siempre aparece una pelota de algún lado, se materializa por la intensidad del deseo. Y más que un talismán, esta pelota es un trofeo: en tributo a la mítica número cinco, ésa que todos alguna vez pedimos o recibimos para un cumpleaños infantil, tiene dieciocho gajos de cuerina, exhibe las costuras sin pudores y rinde homenaje a la que se usó en Suiza 54, el primer Mundial de los cuatro que ganó Alemania. ¿En esa época el césped era blanco y negro? Las camisetas apretadas, los pantaloncitos subidos por encima del ombligo, los peinados cacheteados con gomina: a pura gambeta, el picado con esta pelota-trofeo nos devuelve al tiempo de nuestros abuelos. Y aunque sea bien robusta como todo lo que se fabricaba antes, y aguante cualquier gesta épica que dure noventa minutos, en los pies del habilidoso parecerá una seda porque vencedores y vencidos dirán lo mismo del goleador, con alegría o con pesar: “¡La descosió!”.

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    • jun 22, 2018
  • El alma de las cosas Episodio VIII: Marcadores

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

    “No te pases de la raya”: con el tono de una dulce advertencia, la señorita Victoria me decía eso y yo, un tímido chico-ostra, creía que me estaba retando. Pero no. El sentido de sus palabras era literal: que no me pase de la raya, me decía, cuando pintaba los dibujos apenas bocetados en líneas negras sobre el papel blanco. Que sea cuidadoso. Que no invada con un azul la zona de un amarillo porque entonces aparecería un verde. Por entonces yo era bastante diestro con el dibujo y, como sucede siempre, una pequeña virtud puede abrir una gran oportunidad: era el elegido para pintar los afiches de los actos escolares, lo cual me exceptuaba por una hora (¡o dos!) de la clase de tercer grado. En mis manos, las patillas de San Martín eran morochas retinta y la pelada de Sarmiento, de un rosadito pálido. Cuando dos amigos muy queridos me regalaron para este cumpleaños una enorme caja de marcadores, mi memoria trajo desde aquellos días el placer de dibujar. Hace poco leí una entrevista a una ilustradora muy genial y a la pregunta de la periodista (“¿cuándo empezaste a dibujar?”) ella dio una respuesta brillante: “Nunca dejé”. Todos dibujamos y pintamos de chicos pero algún rito de tránsito juvenil nos empuja a dejar los marcadores cuando empiezan a interesarnos otras cosas: las chicas, los chicos, la música, las fiestas. Mi nueva caja de cien marcadores se presenta tan sugerente como un lienzo en blanco: hay veinte posibilidades de azules, cuatro versiones de amarillos, seis tonos de grises y unos cuantos rojos. Y tienen doble punta, fina y pincel, para trazar los contornos y pintar adentro de ellos. En busca del tiempo perdido, vuelvo a dibujar: no con fines terapéuticos, como se presentan ahora los libros para colorear de adultos, sino para volver a un placer que no debería haber abandonado. Más impresionado por Basquiat que por Hopper, me paso de la raya: en ese manchón de colores sin orden expreso el desconcierto de la adultez y mezclo el azul con el amarillo con la esperanza de que aparezca el verde.

    • may 21, 2018
  • El alma de las cosas Episodio VII: Tic-tac, tic-tac

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    Una estación de tren siempre es una posibilidad: la promesa de una partida, el anhelo de una llegada. Y de todas las estaciones de tren que visité en mi vida recuerdo especialmente una: la de Cheshire, en el medio de la campiña inglesa. Como hago siempre que necesito matar el tiempo, llevé para leer una novela que transcurriera en ese lugar, o cerca, y allí nació Lewis Carroll así que la lectura era obvia. Me acuerdo de estar sentado en el andén esperando el tren que me llevaría a Londres y de sentir una custodia ominosa sobre mi cabeza. “¡Afirmaría que nunca has hablado con el Tiempo!”, leo que dice el Sombrerero, un invitado a la merienda delirante de Alicia en el país de las maravillas: “Él no soporta que lo marquen. Ahora, si estuvieras en buenos términos con él, haría lo que quisieras con la hora. Por ejemplo, imagina que son las nueve de la mañana, justo el momento de empezar la clase. Sólo tendrías que insinuarle algo al oído, ¡y allá girarían las agujas, en un abrir y cerrar de ojos, una y media, hora de almorzar!”. La discreta pero persistente vigilancia que sentía sobre mi cabeza era la del gran reloj de la estación. Dotado de una precisión británica, estaba amurado a una columna para que pudiera verse de atrás y de adelante: una orden para los que partían y un consuelo para los que llegaban. El tiempo ofrece todo su espectáculo en una estación de tren. Pasa rapidísimo para el que llega tarde, se hace eterno para el que en la espera desespera. Junto a ese tic-tac que martillea sobre mi cabeza pienso que no hay nada más engañoso que el tiempo: como un día especialmente maravilloso de verano, pasa lento pero se va rápido. Cuando vuelva a Buenos Aires voy a comprar un reloj dual, de esos que se amuran a la pared para ver la hora de ambos lados y convertir mi living en una rémora de esta estación, y se va a sumar al Retroclock que vigila los horarios de mi estudio y al Roboclock que me despierta cada mañana. El tiempo es una fuerza de gravedad y, aunque digan que pasa tan rápido como un tren bala, la espera ahora se me hace eterna pero no desespero: el gran reloj me acompaña y su tic-tac va al mismo ritmo que el mío.

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    • abr 9, 2018
  • Uncategories Episodio VI: ABC Diario

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

    Un nuevo comienzo siempre es una oportunidad y un desafío: como en todo momento especial, es importante estar munido de las cosas que nos llenan el alma..

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    Más que hormigas, un hormiguero. Es la noche del primer domingo de marzo y ni falta hace que cierres los ojos para sentir ese trajinar intenso en la panza, como en la fábula de la cigarra y las hormigas. Andan de acá para allá. Vos sabés bien que no podés tener bichos ahí adentro pero los sentís y aunque se parece al miedito que te dan las películas de terror que mirás cuando tus papás están distraídos, también te gusta (igual que con las películas). Mañana empiezan las clases y te cuesta dormir, pero todavía sos muy chico para calcular cuánto tiempo de sueño perdés con cada minuto que pasa o para preocuparte por tu rendimiento físico del día siguiente: tenés la energía de un conejo a pilas de esos que siguen andando y andando y andando. Pensás: ¿será buena la seño de este año? ¿Qué días me tocará gimnasia? ¿Habrá algún compañero nuevo? Y aunque te preguntás si no te habrás olvidado en el verano la letra del himno (tranquilo: por alguna razón misteriosa, cuando empieza la música la letra te sale sola) también sabés que lo peor sería sentirte desnudo adelante de todos en el patio descubierto, adonde izan la bandera cuando el tiempo todavía está lindo. Como un soldado preparado para la misión, o un payaso que exige la nariz roja para salir a escena, necesitás tu propia munición para sentirte a salvo: en la mochila nueva que te regaló tu mamá, ésa que tiene un mosquetón para que enganches las llaves y no vuelvas a perderlas, están el cuaderno todavía vacío para el primer día, la cartuchera de silicona azul, las lapiceras con tinta gel en diez colores y la calculadora a la que se le cambian los botones (ésa te la regaló tu papá cuando te dijo algo que sí te dio un poco de miedo: “Este año vas a tener que hacer cuentas”). Mirás de reojo el reloj de la mesita y ves que todavía faltan ocho horas para que tengas que levantarte. Deberías estar tranquilo: en la mochila está todo. Pero el hormiguero en la panza está más activo que nunca y aunque los minutos pasan rápido sabés que tu última noche de vacaciones va a ser una noche larga.


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    • abr 6, 2018
  • El alma de las cosas Episodio V: Mick

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    Una sola letra cambia todo, como pasa casi siempre. La primera vez que tuve en mis manos este micrófono me fue presentado como mic y yo pensé en una abreviatura confianzuda como gesto de cariño, el mismo de alguien que le dice Palo a una chica llamada Paloma. Al tacto es suave (¡hablo del micrófono!), al oído se escucha lindo porque tiene parlantes incorporados, a la vista es elegante en sus colores negro, fucsia, dorado o plateado; pero en mi exploración de los sentidos no tardé en descubrir el sexto: el sentido del baile. Cuando vi de cerca su etiqueta comprobé que no tiene un apodo de tres letras sino un nombre propio de cuatro: se llama Mick y esa k final cambia todo. Como pasa casi siempre. Agarro el micrófono con la mano derecha y, de manera automática e inconsciente, los dos codos aletean hacia afuera, las rodillas se sacuden, los pies se mueven y empiezo a bailar como un pollito. La primera canción que elijo en este karaoke improvisado es una de Maroon 5 con Christina Aguilera: Moves Like Jagger. De repente me siento como una de las Majestades Satánicas, un pibe de setenta y cuatro años que repite los movimientos espásticos de sus veinte, un pordiosero millonario que sirve un banquete de rock and roll al que está invitado todo el mundo y que, aseguran los que saben, tiene un pacto secreto para mantenerse eternamente joven. ¡Es la magia de la música! Si un micrófono sin una voz que lo acompañe no dice nada, un micrófono que se llama Mick te invita a jugar a ser uno de los Rolling Stones por un rato aunque el repertorio no sea excluyente: sirve para conectarlo por bluetooth a cualquier aparatito y ensayar un bolero de Armando Manzanero, una balada de Mariah Carey, un tango de Julio Sosa o un chamamé de Ramona Galarza. En mi caso, me contagio por ósmosis de su habilidad para el baile y me sacudo como si estuviera a punto de tener un ataque mientras acaparo a Mick y canto mi canción favorita y después otra y después otra aunque me quedo con ganas de más. Siempre lo mismo: no puedo obtener ninguna satisfacción.

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    • dic 21, 2017
  • El alma de las cosas Episodio IV: el regalo perfecto

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    “Sos un regalón”, decía una tía mayor cuando yo era chiquito y la expresión (ahora, arcaica) despertaba en mí una duda enorme. ¿Qué quería decir ella con eso de regalón? ¿Que yo mismo sería una especie de regalo grande, o sea, un paquete? En todo caso, nunca usé un moño rojo y ésa es la manera en que se dibuja el emoji del regalo: en una caja cuadrada con un lazo y un moño. Cuando ya tuve edad de leer consulté el libro más venerado de mi casa, el diccionario Pequeño Larousse Ilustrado, que de pequeño tenía poco porque era un mamotreto de chiquicientas páginas con tapas de cuero azul y oro donde la palabra regalón se definía como “criado con regalo”. Es que regalo, además de esa cosa que se da gratuitamente a otra persona, como muestra de afecto y que desnuda nuestra alma, también quiere decir “comodidad o buen trato”. Tardé años en descubrir que un chico regalón es un chico que fue criado con cariño. Y ése es el mejor regalo que alguien puede recibir en la vida (por lo menos según mi tía, que para Navidad siempre regalaba lo mismo: un par de medias de toalla). Ya de grande, siempre sostuve que me gusta más dar que recibir un regalo, algo que me produce un vértigo ligero. ¿Y si no me gusta? ¿Y si ya lo tengo? ¿Y si tiene el precio pegado? En cambio, regalar es supremo: el tiempo parece detenerse en el momento en que el otro deshace el moño, rasga el papel y en los ojos se le enciende una chispa fugaz, que puede ser de sorpresa, de alegría, de decepción. Dar un regalo es un pequeño viaje en el que nos aventuramos a las expectativas del otro, que siempre es un planeta ajeno (aunque vivamos en el mismo). Por eso, el regalo perfecto no tiene precio: puede ser una joya de cotización exorbitante, una lámpara con forma de ananá o las palabras especiales de un poema garabateadas en una hoja de cuaderno. Lo importante es que, sea lo que fuere, ese regalo signifique algo para alguien y dé sentido al único propósito que puede hacer de nuestras vidas unas fiestas continuas: ser buenos entre nosotros.

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    • dic 5, 2017
  • El alma de las cosas Episodio III: Mifa

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    Llevo en mis oídos la más maravillosa música. Y en mis bolsillos. Y en mis mochilas. En los primeros campamentos juveniles (más bien, ¡infantiles!) la banda sonora de la excursión era en vivo y en directo, un repertorio de canciones montañesas con la letra adaptada para incluir el nombre de mi colegio. Ya de grande, la salida a la naturaleza tenía el sonido de la observación y la introspección: recuerdo unas vacaciones en carpa por los lagos del sur donde el ambiente era más potente que el bumbúm de una discoteca. Pero aturdido por el rumor de las olitas o el croar de los bichos, en mi eterna insatisfacción de ser urbano sentía que me faltaban dos cosas vitales: café y música. El ingenio y la tecnología salieron en mi auxilio. Hace un tiempo me regalaron una cafetera portátil que funciona como el inflador de una bicicleta: la presión generada por el aire bombeado prepara un café espumoso y reconfortante para la excursión a la montaña. Y ahora descubro unos nuevos parlantes que llevan la música tan alto como yo pueda llegar. Mi favorito es uno bien rústico de color verde militar: “Sonido de aventura”, dice la caja y, aunque lo más aventurero de uno haya sido una maratón en continuado de las cuatro películas de Indiana Jones, la promesa de escuchar la fanfarria de John Williams en medio del desierto (o la playita) anima a empuñar el látigo. Hay paisajes tan imponentes que exigen el galope de la Cavalleria rusticana y otros más bucólicos a los que siempre agrego la melodía dulzona de Rhapsody in Blue. En mis oídos, en mis bolsillos y en mis mochilas siempre llevo un parlante que disfrute del aire libre. Como un Sancho Panza compuesto de agudos y graves, es un gran compañero para la conquista de cualquier molino de viento. Pequeño pero robusto, resiste los golpes, el agua y el polvo sin mosquearse y con su sonido potente, aun en lo vasto del paisaje, completa la película de un viaje: ¿o acaso uno no tiene derecho a elegir, y llevar adonde quiera, el soundtrack de su propia vida?  

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    • dic 5, 2017
  • El alma de las cosas Episodio II: Misty

    Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

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    Los nostálgicos sabemos que el olfato es el más evocador de los sentidos. Cualquiera de nosotros tiene una historia parecida: una tarde, buscando una media sin par al fondo de un cajón, la mano encontró a tientas la bufanda que usaba el abuelo y la nariz empañó los ojos. Por unos segundos el viejo estaba ahí, de nuevo. El aroma es el custodio de la memoria emotiva. Y aquellos que nos intrigamos por el olfato sabemos que el cerebro humano es capaz de distinguir hasta diez mil olores distintos. Pero también sabemos que el lenguaje para describir lo olfativo es pobre y a veces depende de elementos de juicio demasiado subjetivos (un aroma rico o feo), de resonancias morales (un olor excitante o placentero) o derivados de otro sentido (un perfume frutal o áspero). Por eso, cuando me mudé a mi estudio, y siendo muy consciente de que debía “crear historia” en el lugar para hacerlo finalmente mío, lo primero que llevé fue el difusor aromático Misty (¡debo confesar que llegó antes que el módem pero después que la cafetera!). Avivado de la necesidad de que los lugares y sus objetos tengan su propio aroma (en definitiva, su alma), entre paredes aún desnudas y cajas de mudanza, me di el tiempo para jugar al perfumista: combiné cuatro gotitas de cedro y tres de Óleo 31 y así inventé el olor de mi guarida. El Misty es discreto y elegante, con una luz tan tenue como se pueda ser en sus dos intensidades pálidas. Despierta mi instinto olfativo. Y en lo auditivo y lo visual, también tiene un sentido evocativo (a mí me recuerda la película Play Misty For Me, en la que Clint Eastwood era un conductor de radio acosado por una oyente psicótica: cualquier semejanza con una paranoia real no es mera coincidencia). Pero lo más importante es que un departamento desangelado tuvo pronto el olorcito de lo mío. Sé que dentro de muchos años, cuando me encuentre de frente con el aroma de un cedro, sólo tendré que cerrar los ojos para volver a este presente. Y que, entonces o ahora, en la felicidad o la incerteza, sólo tendré que combinar unas gotitas de mi poción mágica para crear una sensación de hogar, vaya adonde fuere.

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    • dic 5, 2017
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