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Episodio IV: el regalo perfecto

Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

Episodio IV: el regalo perfecto

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“Sos un regalón”, decía una tía mayor cuando yo era chiquito y la expresión (ahora, arcaica) despertaba en mí una duda enorme. ¿Qué quería decir ella con eso de regalón? ¿Que yo mismo sería una especie de regalo grande, o sea, un paquete? En todo caso, nunca usé un moño rojo y ésa es la manera en que se dibuja el emoji del regalo: en una caja cuadrada con un lazo y un moño. Cuando ya tuve edad de leer consulté el libro más venerado de mi casa, el diccionario Pequeño Larousse Ilustrado, que de pequeño tenía poco porque era un mamotreto de chiquicientas páginas con tapas de cuero azul y oro donde la palabra regalón se definía como “criado con regalo”. Es que regalo, además de esa cosa que se da gratuitamente a otra persona, como muestra de afecto y que desnuda nuestra alma, también quiere decir “comodidad o buen trato”. Tardé años en descubrir que un chico regalón es un chico que fue criado con cariño. Y ése es el mejor regalo que alguien puede recibir en la vida (por lo menos según mi tía, que para Navidad siempre regalaba lo mismo: un par de medias de toalla). Ya de grande, siempre sostuve que me gusta más dar que recibir un regalo, algo que me produce un vértigo ligero. ¿Y si no me gusta? ¿Y si ya lo tengo? ¿Y si tiene el precio pegado? En cambio, regalar es supremo: el tiempo parece detenerse en el momento en que el otro deshace el moño, rasga el papel y en los ojos se le enciende una chispa fugaz, que puede ser de sorpresa, de alegría, de decepción. Dar un regalo es un pequeño viaje en el que nos aventuramos a las expectativas del otro, que siempre es un planeta ajeno (aunque vivamos en el mismo). Por eso, el regalo perfecto no tiene precio: puede ser una joya de cotización exorbitante, una lámpara con forma de ananá o las palabras especiales de un poema garabateadas en una hoja de cuaderno. Lo importante es que, sea lo que fuere, ese regalo signifique algo para alguien y dé sentido al único propósito que puede hacer de nuestras vidas unas fiestas continuas: ser buenos entre nosotros.

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