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Episodio XII: Botella Ó

Por Nicolás Artusi / @sommelierdecafe

Episodio XII: Botella Ó

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¡Ooohhh! La primera reacción será de sorpresa: en una demostración arriesgada, la botella cae al piso desde la altura de una mesa… y no se rompe, y eso que es de vidrio; bueno, en realidad es de borosilicato, un tipo de vidrio muy aguantador. ¡Ó! Así se llama, con la cuarta vocal en mayúscula y con tilde, acaso un juego con la palabra francesa (eau) que significa “agua” y que se pronuncia apenas con una “o” aspirada, bien cortita. ¡Oh la lá! La botella Ó tiene una tapa a rosca que es antiderrame (algo muy valorado por los torpes que siempre nos volcamos sobre la camisa) y viene con manija de agarre. Está abrigada con una manga de silicona antideslizante y trae un pico bien ancho, ideal para recibir el líquido a borbotones justo cuando aparecen el ahogo o el cansancio. Es que resulta ideal para el gimnasio o la carrerita porque aguanta bien casi cualquier caída accidental y que se diga de ella que “es resistente” termina siendo un buen augurio para el deportista amateur, aquel que se exige resistencia cuando las mancuernas parecen triplicar su peso en plomo o los kilómetros avanzan más lentos que una tortuga con reuma. Esa manga de silicona puede ser azul o rosa o amarilla o verde, entre otros colores, y así todas las botellas, puestas una al lado de la otra en la alacena o la heladera, forman un arcoíris como el que aparece después de la lluvia: su gama de tonos discute aquello que nos enseñaron del agua (que es incolora, inodora, insípida) y regala a cada uno la posibilidad de elegir qué color quiere tomar. Un vendedor experimentado, aunque poco original, podrá decir que la botella Ó es ideal para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero: en nuestro eterno apuro como caminantes de una ciudad con cuadras largas, nos acompaña en la aventura de salir a la calle y con la suavidad que ofrece al tacto invita a acariciarla. De paso, aceleramos un trago y seguimos camino. En la sed o la fatiga, nos refresca y los más expresivos de nosotros no tenemos pudor en exclamar un sonoro: “¡Aaahhh!”.

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